Eigavisión

Un espacio de reflexión sobre cine japonés

‘Maison Ikkoku’ y la nostalgia

En mi infancia tardía, cuando empezaba a ver el cine con cierto interés y cuestionamiento, vi un film checoslovaco de finales de los 70, que contenía alguna escena cuya factura técnica captó poderosamente mi atención. Al emitirse en uno de esos canales locales que repiten durante semanas su programación, tuve ocasión de ver la película varias veces, por lo que me dejó un potente recuerdo. Así, pese a que los escasos datos que tenía dificultaron la labor, que no fue corta, usando las herramientas que ofrece la red pude localizar el film y volverlo a ver. Como suponía, con ojos de adulto, el film supondría poco más que un ejercicio de nostalgia, pero no imaginaba en qué medida.

At zijí duchové narra la historia moralizante de una pandilla de niños en una ciudad de provincias, empeñados en la recuperación del patrimonio local encarnado por un castillo con sus respectivos fantasmas. Entre el cabecilla del grupo y el espectro infantil de la princesa del castillo surge el enamoramiento. La chiquilla pese a los ruegos de su padre, recupera en la conclusión su condición corpórea para poder seguir al lado de su nuevo amigo, renunciando a la inmortalidad que le supone su existencia fantasmal. Justo antes de volver a ver el film, descubrí por Internet que la actriz que encarnó a la niña fantasma acababa de fallecer tras una dura y dolorosa enfermedad, lo que envolvía la ficticia renuncia final en una dramática relectura.

Todo este preámbulo es para introducir la forma en que, determinadas consideraciones no necesariamente inherentes a una película, transforman las emociones que esta nos suscita. Y ese es el caso que de verdad nos ocupa en este post, el de la serie animada basada en el popular manga de la famosa Takahasi Rumiko. Y es que ya el propio “texto” tiene un fuerte componente nostálgico, desde el momento en que sitúa la acción en un improbable espacio, esa casa de huéspedes ya anacrónica en unos años 80 que en Japón fueron un espejismo de prosperidad inmobiliaria (reflejada en uno de los episodios, cuando la casa es investigada y posteriormente salvada -justamente en base a su personal nostalgia- por un agente inmobiliario cuya empresa pretende construir un bloque de pisos de lujo) similar en planteamiento y resultados a la que bien conocemos por aquí. Y no parece tampoco casual que, al igual que su creadora, el protagonista Godai llegue a buscar su futuro en la capital desde la provincia rural de Niigata. Takahashi parece querer volcar en esta obra una cierta añoranza de un modo de vida prácticamente extinguida ya en aquellos entonces, en el que, probablemente, se enmarcara su propia experiencia vital.

Y el devenir de los personajes acompaña esta impresión, arquetipos del antihéroe del shitamachi tokiota, encarnaciones de la imagen del looser que, pese a un planteamiento de comedia romántica, porfían por salir adelante con trabajos precarios y pocas perspectivas de prosperar en la escala social. Valga el contraste del acomodado Mitaka para reforzar esta idea ante su antagonista Godai, siempre enrolado en trabajos temporales de poca monta y peor sueldo para costear su universidad de tercera clase –lo que en Japón equivale a escasas puertas abiertas en el mundo laboral–, o la figura apenas esbozada del vecino Ichinose, sólo presente cuando el sistema le expulsa de sus maratonianas jornadas laborales y el desempleo le obliga a no menos arduas sesiones de búsqueda de trabajo.

Si vamos de lo social a lo individual, la figura central de la joven portera Kyôko, encarna el melodrama de enfrentar complejos obstáculos para consolidar una precoz relación con su profesor de instituto, acabando por enviudar no menos prematuramente, enfrentando su desconsuelo ante la perspectiva de toda una vida de soledad por delante. Sueños y expectativas chocan permanentemente con la realidad también para el bienintencionado Godai, que  parece condenado a no prosperar ni cumplir sus poco ambiciosas aspiraciones. Pese al tono eminentemente cómico, la obra está realizada con vocación de realismo, expresado en la precisión y el detalle con que se  recrean ambientes, atuendos, objetos, sonidos…  que dota a estas líneas argumentales de una dolorosa dimensión emotiva.

Ese último aspecto mencionado, el sonido, dota a la versión animada de una ventaja comparativa  respecto a su precedente impreso, que ya de por sí incorporaba todo este potencial nostálgico. En especial interesa la recopilación musical que incorpora en los créditos de inicio y final. Destacable aspecto este, no siempre ponderado en los estudios y la crítica audiovisual. Los segmentos de cierre de la serie (un ejemplo pinchando en la imagen) interpretan elocuentemente el tono de la misma, con secuencias de animación de gran calidad, capacidad expresiva y libertad creativa, al modo de comentarios al margen, no específicamente narrativos pero sí brillantemente descriptivos.

A todo ello, el visionado contemporáneo incorpora un poso de nostalgia añadido al que estableció su autora (o autores, que algo debieron sumar los responsables de la animación). Es un momento de la historia del Japón cuyo cine no permeó las fronteras, por lo que el retrato de ese momento es poco conocido entre nosotros, incluso para los que estamos más familiarizados con el país y su cultura. Es el relato de una época que sólo podemos evocar con escasas manifestaciones audiovisuales, entre las que Maison Ikkoku ejerce de destacado puntal melancólico. Uno piensa en los años inmediatamente posteriores al final de la serie, con el estallido de la burbuja económica y la dura recesión que afrontó la población japonesa, y se imagina cómo esa coyuntura pudo volver a truncar la feliz perspectiva que el final de la serie brinda a sus protagonistas. Se pregunta uno también por el estado actual de unos personajes que ya rozarían la ancianidad, del mismo modo que, en los créditos finales, me preguntaba qué abriría (o cerraría) esa misteriosa llave.

llaveIkkoku

Ending 2ª temporada: Cinema

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