Eigavisión

Un espacio de reflexión sobre cine japonés

‘Kaguyahime no monogatari’ y la perfección

La película más larga de la historia de Ghibli, la más cara también. Una respuesta en taquilla destacable pero no masiva. ¿Un fracaso para el estudio? Más de un analista de páginas salmón se lanzaría a afirmarlo, así son las miras del pensamiento económico. Pero la dupla Miyazaki-Takahata lleva jugando a este juego desde que se asociaron. Y con éxito. Con Mi vecino Totoro (¡Totoro!) y su compañera de pantalla La tumba de las luciérnagas, doblaron la apuesta jugándose la viabilidad económica de su empresa, fiándolo todo al largo plazo y dejándose guiar únicamente por su voluntad de hacer cine con mayúsculas. El resultado lo conocemos todos: dos filmes con un rendimiento en taquilla discreto pero que el tiempo ha convertido en incontestables referentes cinematográficos… y en un filón en cuanto a rendimiento económico. ¿Será este el caso de esta Princesa Kaguya que nos presenta el último (parece que en toda la amplitud del término) trabajo de Takahata Isao como director?

No me arriesgo demasiado al afirmar que Kaguyahime no monogatari difícilmente va a generar grandes cifras, incluso a medio plazo. Temática y estética no parecen abocadas a sumar grandes audiencias internacionales a las débiles cifras locales, sería milagroso, de hecho, verla estrenada en otros países. La animación sigue siendo considerada un hermano menor del cine, un sucedáneo –cuando no se niega directamente su entidad cinematográfica, en breve más sobre esto en este mismo blog–, y a nivel de distribución difícilmente se contempla si no es como reclamo para un público infantil, familiar le dicen ahora. Esta cinta nace condenada a la marginalidad.

Y es que, por más que se empeñen en describir a Ghibli como el Disney oriental, la siempre despreciable costumbre de equiparar no puede ser más inoportuna. No dudo que los niños puedan apreciar las maravillas que ha dibujado Takahata, pero sí que en la corrección política de sus mayores encaje un relato lánguido y desesperanzado, en la que el momento de plenitud emocional de su protagonista sea compartir a escondidas una fruta robada, que resuelva alguna de las escenas de desazón con inquietantes composiciones herederas del cine de terror, que se empeña en arrancar destellos de belleza de la imperfección del comportamiento humano. Al modelo Disney, adalid del mencionado concepto familiar, que sigue siendo el de referencia para demasiados, no se le niega la calidad en buena parte de sus productos, pero ni podemos imaginarlo asumiendo tantos riesgos como viene haciendo Takahata en sus últimos trabajos ni los valores en la agenda de Ghibli pueden estar más alejados de los suyos. Comparemos, justo ahora que Ghibli nos trae una princesa. Comparemos con cualquiera de las princesas del imperio del ratón a esta princesa Kaguya, que no necesita ser guerrera para reivindicar al género femenino. La equiparación, más que desigual, puede resultar ridícula.

En mi reseña de la película para la revista Contrapicado, publicada con la siempre inestimable labor de edición de Albert Elduque, no ahorro en alabanzas para la maravilla que nos ha entregado el admirado Takahata.  ¿La mejor película de Ghibli? me cuestiono, aún conmocionado por la reciente visión de la cinta. Aunque concluyera en un ‘no’, el mero hecho de planteárselo es ilustración suficiente de la excelencia lograda. Lo que sí afirmo, y con vehemencia, es que el esfuerzo del venerable animador por adaptar libremente el tradicional relato del cortador de bambú se ha materializado en 137 titánicos minutos, cuya monumentalidad y devastadora belleza exigen desde hoy mismo un lugar en la historia del cine.

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