Eigavisión

Un espacio de reflexión sobre cine japonés

‘Bokutachi no kazoku’, la sonrisa congelada

La nueva película del joven Ishii Yûya, no me cabe duda, va a tener cierto recorrido en el circuito internacional de festivales.

Si estoy tan seguro es, en primer lugar, porque la película lo merece. Digámoslo ya: es una cinta soberbia. Además, la temática que trata es más que propicia. Lamentaba Karen Severns, en su papel de anfitriona durante el preestreno de anoche en la sede del Foreign Correspondents’ Club of Japan, que un título tan simple como Bokutachi no Kazoku – ぼくたちの家族、literalmente, nuestra familia–, pudiera resultar poco atractivo para un film que realmente merece ser visto.  Tal vez pueda compartir el lamento si hablamos de grandes audiencias, aunque estas acaban funcionando a veces mejor por el boca-oreja que por la calculada campaña mercadotécnica, pero no ante la carrera en festivales. El cinéfilo asocia sin dificultad el cine japonés con el tema de la familia, tanto mejor si es con ritmos pausados, tratamiento serio, cierto aire independiente y realización mesurada. Este film está abocado a satisfacer semejantes expectativas y este es el mayor reproche –si es que esto es un reproche– que se me ocurre para el trabajo de Ishii. No será de digestión pesada para la cinefilia internacional, cuyo brazo armado (con la pluma) tiene ya los lapiceros afilados con tres letras preparadas. Siempre fiel al manual, el crítico de festival se apresurará en anotar la palabra Ozu en la primera línea. Tan seguro estaba de ello, antes incluso de terminar la proyección, que en la rueda de preguntas posterior se me hicieron largas las dos primeras, de medios locales, hasta que a la tercera fue la vencida y, en la primera intervención de un redactor foráneo, se cuestionó al realizador por la influencia Ozu.

Aparte de la pereza que me produce la filiación automática de todo film sobre familias (como si hubiera pocos) con el venerado maestro, tal vez por cercanía en el tiempo, mi primera sensación fue la misma que experimenté con Aruitemo, aruitemo  (歩いても歩いても, Still Walking, Kore’eda Hirokazu, 2008). Aparte de compartir algunos elementos argumentales, me pareció entrever en ambos films esa fuerza oculta, esas violentas corrientes subterráneas amparadas en la quietud superficial de una narración serena que Kurosawa apreciaba en el cine de Naruse.

Quien siga la trayectoria de Ishii o conozca algunos de sus títulos, su habitual comedia de tono poco convencional, se encuentre tal vez un tanto sorprendido de lo leído hasta ahora. Así debo confesar que me sentí yo, viendo mis expectativas totalmente aniquiladas, cuando lo que nos plantea es la tragedia de una enfermedad incurable y fulminante. Ishii demuestra, además, un notable dominio de los resortes dramáticos y estremece con un planteamiento en que sólo se vislumbra un final trágico. El film no pierde en ningún momento el tono grave. Muy al contrario, los pequeños secretos familiares que se van desvelando no hacen sino enturbiar más las expectativas. Sin embargo, Ishii tira de su catálogo y logra colocarnos momentos de amable comicidad. Sin las excentricidades que abundan en sus obras previas, encuentra rendijas por las que colar esa sonrisa que la madre siempre recomendaba mostrar ante los problemas a su tímido y depresivo hijo mayor, el protagonista Kôsuke.

Pudoroso, con escrupuloso respeto por la zozobra de sus personajes a los que fotografía con una prudencial distancia, solo se nos hace visible la mano del realizador en tres momentos puntuales. Tres primeros planos, el primero de los cuales llega por sorpresa, subrayando un grito de dolor con el que dispara toda la tensión dramática. El segundo, un primer plano frontal que culmina una conversación entre el padre y la nuera, motivó la pregunta referida al principio. Dada la situación, responde el realizador, el director de fotografía también expresó su temor a que la toma fuese asimilada con el estilo de Ozu. Argumentó, sin embargo, que una vista lateral hubiese quedado en el frio registro documental de un señor pidiendo disculpas a un familiar, aduciendo que era el perdón de la audiencia al personaje lo que la escena buscaba. Algo que sólo podría lograr mirándola de frente, apelando de forma directa a la audiencia misma. El tercer momento, ya comentado, es el que cierra el film. Perfectamente definido en el guion, comenta Tsumabuki que, de mutuo acuerdo con el director, decidieron en el momento del rodaje que el gesto final del protagonista fuese deliberadamente ambiguo. Como en un famoso retrato de Leonardo, esa icónica toma final ensombrecerá un tanto la maestría del conjunto y monopolizará un hipotético debate.

Aunque todo culmina con muchos nubarrones en el horizonte familiar, el metraje se agota con el significativo, tal vez esperanzado gesto en primer plano del primogénito. Del mismo modo que Kôsuke se echa la familia a sus espaldas para superar el trance, un inmenso Tsumabuki Satoshi se alza como héroe de la acción, si bien el fundido a negro nos lleva a los nombres de los cuatro actores principales, el matrimonio y los dos hijos, en una misma línea, sin jerarquía. No parece casual que la realización sea tan discreta, tan inadvertida, confiando todo el protagonismo a unas interpretaciones mayúsculas. La familia construida por Ishii se sustenta por igual en cuatro patas, por lo que esta decisión en los créditos finales viene a hacer justicia a un elenco en estado de gracia. Una decisión coherente también con lo expuesto por el film, que no es más que el reflejo de la vida misma: en una familia no hay un miembro más importante que otro.

Después de una trayectoria basada en la comedia, Ishii nos regala una obra, sólo el tiempo dirá si maestra, que nos deja con la sonrisa congelada. Pero sonrisa, al fin y al cabo.

bokutachiFCCJ

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This entry was posted on 13 May, 2014 by in Actualidad, Críticas, reseñas y artículos, Eigavisión, Proyecciones.
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