Eigavisión

Un espacio de reflexión sobre cine japonés

Sobre el rigor en la crítica cinematográfica

Hace ya algún tiempo, acudí a la Filmoteca en Barcelona para asistir a la proyección de Te wo tsunagu kora (手をつなぐ子等、Chicos cogidos de las manos). Como era de esperar, tratándose de un film dirigido por un realizador de la solvencia de Inagaki Hiroshi, fue una interesante sesión de buen cine.

La historia narrada es la de un grupo de escolares que, bajo la batuta de un empático maestro interpretado por el legendario Ryû Chishû, deben aprender a aceptar a un compañero con un determinado grado de discapacidad mental. El maestro logra implicar a sus pupilos en el proceso de integración del muchacho, que pasa de ser objeto de curiosidad y bromas, por sus dificultades de aprendizaje y su cándido comportamiento, a ser un miembro más del grupo.

Mientras disfrutaba de la película, no me costó mucho integrar la historia narrada en los acontecimientos de la época. En aquel momento, caracterizado por el expansionismo imperialista del Japón, el discurso oficial trataba las nuevas colonias establecidas en diferentes territorios del Asia oriental como hermanos menores, como naciones inferiores que convenía integrar en la gran familia nacional japonesa para tutelar su correcto desarrollo y crecimiento. Asimilar el personaje del muchacho retrasado como una representación alegórica de Corea o Taiwan no se hace demasiado difícil, especialmente conociendo el control que las autoridades militares establecieron sobre la industria cinematográfica y sus contenidos en función de sus intereses propagandísticos.

Pero llegado el final y con las luces de la sala ya encendidas, un rápido vistazo al programa de mano me mostró que el film no era del periodo pre-bélico, como yo venía dando por supuesto, sino de 1948, en plena ocupación norteamericana que, a su vez, también ejerció la censura y control del cine para evitar la pervivencia de determinados discursos nacionalistas, como por ejemplo el que yo acababa de dar por sentado. Tras unos segundos de desconcierto, reubiqué la hermosa fábula de amistad y superación de aquellos muchachos en otro paradigma teórico, el que atribuye un carácter esencialmente humanista al cine nipón de postguerra.

Tranquilizaba así mi (mala) conciencia de crítico incapaz, pero sólo momentáneamente. Mientras caminaba de regreso a casa, no dejaba de dar vueltas a cómo un mismo film, visto a la luz de dos paradigmas totalmente incompatibles, encajaba sin problemas en ambos, pese a que las lecturas y consecuencias derivadas fuesen tan alejadas entre sí. Me daba cuenta de la responsabilidad del crítico de no dejarse engañar por ideas preestablecidas, para no contribuir con ello a la consolidación de conceptos sólo aparentemente incontestables.

Cuando leo o escribo crítica cinematográfica, intento tener esta anécdota presente y no perder el rigor que me debo exigir como analista. Da igual quien lo formule y el prestigio que acumule su pluma, no importa lo asentadas que estén sus premisas de partida. Conviene siempre estar atentos a la construcción de cualquier discurso, para no creerse cualquier idea sin profundizar críticamente en los argumentos que la sustentan.

 tewotk

 

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