Eigavisión

Un espacio de reflexión sobre cine japonés

Se abre el telón: Aonoran. Legacy of Soma

¿Tiene sentido filmar una representación teatral?

Desde hace unas semanas, cuando recibí la invitación para un pase restringido a prensa y profesionales de Aonoran. Legacy of Soma (蒼の乱) y tuve conocimiento del proyecto Geki+Cine, esa pregunta alimentaba mi curiosidad y un cierto temor por el interés de la película que iba a ver.

Los referentes que inmediatamente me venían a la cabeza emitían estimulantes conexiones con aquella excelente Balada de Narayama de Kinoshita (no confundir con la versión más reciente y conocida, con la que Imamura Shôhei cosechara la Palma de oro de 1981), o con el más reciente delirio musical de Suzuki Seijun en Operetta Tanuki Goten. Pero el mayor peso lo tenía el concepto historiográfico tradicional de que el cine nipón se desarrolla a partir del teatro, con la dichosa noción de progreso sugiriendo que toda su evolución pasa por alejarse de ese modelo inicial, en busca de una especificidad que le confiera entidad propia como medio y como lenguaje. Más aún cuando el contexto tecnológico parece empujar al audiovisual en direcciones muy alejadas de la representación sobre las tablas.

El inicio del film parecía confirmar los presagios más pesimistas. Una introducción de imagen textual nos ponía en contexto geográfico e histórico del momento narrado, dando paso a un número musical que parecía un intento por empezar la función por todo lo alto, al estilo de los preludios de acción en una película de James Bond. Si una coreografía coral de escena está concebida para ser vista desde la posición estática de una butaca, su dinamismo ha de depender de los movimientos e interacciones de los intérpretes y bailarines. No le encontré demasiado sentido a una edición nerviosa trufada de juegos con la amplitud de plano e incluso un molesto uso del zoom, que fragmentaba el conjunto e impedía disfrutarlo. Lo que parecía una torpe realización televisiva, más que el augurio de una mala película, era toda una amenazaba sabiendo que nos esperaban casi tres horas de metraje.

Por fortuna, a partir de ese dubitativo inicio, se impone una mayor pausa, que nos permite centrar la mirada en los acontecimientos narrados y en los recursos dispuestos a tal fin. Recursos que pasan por la espectacularidad de la puesta en escena o por trufar el drama trágico y la épica violenta de interludios cómicos que irrumpen (pero no interrumpen) para engrasar el relato, revelar aspectos de los personajes y dar un respiro al espectador. La diversión de la épica narrada, que interesará a cualquier aficionado a la cultura e historia japonesa, pero sobretodo el acierto en la realización, se impone en lo sucesivo, destacando la asombrosa precisión de las escenas de acción.

Los diversos tiros de cámara, como el espectador del teatro, se encuentran inmóviles. Frente al continuo movimiento que habitualmente desquicia el cine de acción, Aonoran propone una contemplación de la violencia en que el movimiento lo generan las acciones de sus personajes y los desplazamientos se producen por la mecánica giratoria del escenario. Esos momentos de rotación del espacio escénico subrayan la gracilidad de los cuerpos en movimiento, como si flotaran. Ofrecidos en planos medios o cerrados, generan un evocador efecto, equiparable al del travelling, pero que intuimos de naturaleza diferente y provocan una extrañeza en el espectador acostumbrado a las convenciones cinematográficas.

Lo que tan mal funcionaba en el preludio musical, los planos cerrados, en esas escenas de acción son tremendamente sugerentes. Revelan con claridad el artificio que la narración propone, permiten apreciar que la feroz expresión facial y tensión muscular de los actores responde a una precisa coreografía. Pese a la violencia con que los guerreros descargan sus mandobles, se puede apreciar que las espadas no llegan a entrechocar, con lo que se subraya la desproporción de unos efectos de sonido que serían convencionales en el cine de acción estándar, pero que aquí desenmascaran la impostación con que subrayan las calculadas luchas. Otras preguntas que nos despiertan estos efectos de sonido: ¿son diegéticos o se añadieron posteriormente? Aún más, ¿cuál es aquí el registro diegético, la narración dentro de la representación teatral o en la representación misma?

Pero no es el sonido quien va a reinar en pantalla, sino la luz. En la historia narrada, el caudillo Masakado Kojirô, por acción de su guerrera esposa, otrora cabeza del malogrado reino de Torai, recupera el liderazgo perdido en su región de Bando, librada a oscuros intereses políticos. Una rehabilitación de la luz frente a lo sombrío del cálculo político, que parece establecerse en alegoría de la radical apuesta por devolver a la luz su estatus esencial en la creación de espacios visuales. En tantas ocasiones desterrada su visibilidad en el cine actual, oculta por la inestable, proteica y abrumadora presencia del pixel, nos dejamos sorprender por la capacidad expresiva de los efectos de iluminación, como cuando saturan la pantalla de color rojo coincidiendo con la acción de una espada atravesando el cuerpo de un oponente. Un papel, el de la luz, que buena parte del cine contemporáneo tiende a enmascarar y que esta propuesta se empeña en evidenciar.

Al saber que Geki+Cine cuenta ya una trayectoria de 11 años, se me acumulan las preguntas. Me cuestiono si la intención original era la de documentar su producción teatral (el proyecto depende y parte de la iniciativa de una productora teatral, justamente la responsable de crear y llevar a escena las obras filmadas) o había realmente un interés cinematográfico. Me pregunto si las virtudes que creo detectar en Aonoran son el producto de una reflexión creativa o simplemente hallazgos inesperados. El visionado de esta magnífica pieza fílmica, sin duda, ha despertado mi reflexión sobre el medio cinematográfico. Eso no es decir poco y me recuerda que son las incógnitas, no las certezas, las que cargan una creación artística de valor. Destierro entonces todas mis dudas y concluyo que Aonoran. Legacy of Soma es una película llena de sentido. Por eso, no quiero que la gran pregunta deje de estar presente.

¿Tiene sentido filmar una representación teatral?

aoran

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