Eigavisión

Un espacio de reflexión sobre cine japonés

Tsukamoto incendia la llanura

El desconocimiento de la versión previa del Nobi. Fires on the Plain que Ichikawa Kon rodó en un elogiado blanco y negro allá por el 1959, me limita a la hora de evaluar esta nueva aproximación a la novela de Ōoka Shōhei, que tampoco he leído. Destaco la expresión nueva aproximación, ya que es la que utiliza Tsukamoto Shinya para hablar de su película. Según el director, cuando leyó el libro en su época escolar, un gran estremecimiento le removió la conciencia y le dejo una marca indeleble. Así pues, desde que se inició como realizador audiovisual venía acariciado la idea de realizar su propia adaptación fílmica, antes de haber tenido ocasión de ver la de Ichikawa. No se trata, por tanto, de un remake. Aunque la confrontación de ambas cintas pueda resultar sin duda interesante, y sin que esto sirva de disculpa a mi falta de preparación, podemos hablar abiertamente de un proyecto autónomo y largamente meditado, que no se ha conformado bajo la influencia de su precedente. Ha sido además un proyecto en transformación, ya que en un principio el director lo concebía para ser rodado con toda el espectacular despliegue del formato convencional de 35 mm. con el que, según confiesa, combinar la grandilocuencia del despliegue habitual en el cine bélico, aún con una intención anti-épica, con el contraste que ofrece la belleza del paradisíaco entorno natural filipino. Ese monumentalismo estético es el motivo de que el proyecto no llegara a ser abordado hasta ahora, ya que el presupuesto requerido se hacía inasumible.

¿Qué ha cambiado para, finalmente, poder realizar la película? Alguien dirá, y no le faltará razón, que la tecnología de rodaje, que con los equipos digitales permite agilizar, y sobre todo abaratar, el proceso de producción. Pero estos avances tecnológicos no son tan novedosos ni ajenos a la trayectoria de Tsukamoto, que podía haber echado mano de ellos años antes. Es el actual contexto en el que el poder pugna por recuperar atribuciones que permitan la agresión exterior, sin ahorrarse para ellos intentos de amordazar la expresión en el interior, lo que parece haber llevado a resucitar definitivamente el proyecto. Es un contexto cinematográfico en el que se producen piezas fílmicas, algunas de ellas con gran repercusión, que celebran con nostalgia determinados momentos del pasado. Es un momento de decisivo viraje político, en el que el desinterés y el olvido se están aprovechando para recuperar discursos que deberían ser objeto de rechazo.

Agradezcamos pues a Tsukamoto el atrevimiento. Y la película, que es magnífica. Uno siente al verla que del inicial impulso estético debe quedar muy poco. La declarada intención de una puesta en escena grandilocuente se va al extremo opuesto en el resultado final. Con el grueso del equipo y el reparto trabajando de forma casi altruista, gran parte de los elementos de utilería elaborados con materiales de desecho (Tsukamoto comentó que sólo los fusiles en primer plano eran réplicas, mientras que los actores y figurantes alejados del foco portaban armas de cartón pintado), el film es un ejemplo extremo de independencia productiva y financiera, y su resultado estético casi un milagro. Llama la atención el resultado, por momentos poco naturalista, del maquillaje, potenciado por la imagen de textura casi doméstica que ofrece la grabación digital. Alejados del realismo del conjunto, los rostros de los personajes quedan deshumanizados hasta convertirse en grotescas máscaras que anulan lo que un día fueron personas. Y el papel de los rostros es más que fundamental, con el primer plano como principal recurso técnico. Con la cámara pegada a la piel de los personajes, el movimiento casi constante, sin apenas planos abiertos –apenas algunas tomas paisajísticas, no renunció Tsukamoto a grabar directamente la salvaje belleza filipina, o el contrastado celeste intenso del cielo–, la imagen recorre el mismo trayecto de huida que los debilitados soldados protagonistas. Sin ahorrar detalles de la crudeza del momento, aunque tal vez sin la truculencia que se podría esperar de semejante propuesta, la película ofrece pocos momentos de respiro y muchos de ahogo, que culminan en un sosegado pero no menos inquietante epílogo.

Nobi. Fires on the Plane, ofrece una experiencia cinematográfica de primer orden y es una necesidad ética que el equipo de Tsukamoto se ha tomado muy en serio. Una muestra de ello es el empeño que han tenido en distribuir las copias para su exhibición, que hoy mismo comienza en Tokyo para posteriormente girar por todo el país, incluyendo el subtitulado en inglés para abrirse a todos los públicos de las grande urbes japonesas. Para los que creemos que una pequeña muestra del horror puede prevenir las ganas de enfrascarse en aventuras que puedan acabar creando infiernos, la mayor difusión posible de obras como esta es una buena noticia.

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