Eigavisión

Un espacio de reflexión sobre cine japonés

‘The Emperor in August’. El día más largo del Japón

Hay que desconfiar de las versiones oficiales. Así lo creo. Se dice, acertadamente, que la historia la escriben los vencedores. Pero se dice menos que las historias de vencidos las escriben igualmente ciertas élites, aquellas que han perdido menos en la derrota y, sobre todo, que no se resisten a seguir ganando algo con ella.

En la presentación de The Emperor in August, contó el director Harada Masato que su padre, hacia el final de la contienda, estaba destinado en el cuerpo del ejército del aire que nutría las expediciones kamikaze. De haberse alargado la guerra unas semanas más, le hubiese tocado partir en misión suicida. Su padre no hubiera llegado a alcanzar la mayoría de edad y él nunca habría nacido. Por eso, dice Harada, quería recuperar para el cine el relato del final de esa guerra que ya llevara a la pantalla Okamoto Kihachi en 1967 y mostrar con ello agradecimiento a la terna que formaron el emperador, el primer ministro Suzuki y el general Anami como ministro del ejército. Su actitud, nos dice, permitió la supervivencia del país y de su gente.

Curiosa figura la de Harada Masato. Su trayectoria cinematográfica está transversalmente surcada por reivindicaciones sociales y evocaciones nostálgicas de sus años universitarios en la vorágine revolucionaria de los 60. Planteamientos progresistas que, leídos entre líneas, acaban revelando un poso algo conservador bajo las buenas intenciones declaradas (al impulso de esta reseña, recupero su otro film de este año Kakekomi, donde desarrollo algo más este argumento). Con esa trayectoria sorprende, pero tal vez sólo relativamente, que en su nuevo trabajo de pábulo al relato que eleva a héroes salvadores al triunvirato dirigente de Japón durante el fatídico verano del 45, del que ahora se habla tanto por el 70 aniversario de la efeméride.

Dicho esto, la calidad de la propuesta cinematográfica no se discute. Que un film dialogado de principio a fin, con contenidos históricos y políticos densos, y de casi tres horas de metraje se disfrute y pase como un suspiro es un mérito enorme. Conviene no despreciar la habilidad de un narrador que ha parido obras notables y propuestas tan interesantes como la desasosegante Inugami. Una puesta en escena inquieta, que no se rinde en la búsqueda del encuadre más bello, en una fotografía de elogiable gusto compositivo. Los diálogos, tan sintéticos como sorprendentemente vivaces, evitan el sopor de las escenas de conciliábulo político y permiten que incluso los menos informados en el contexto histórico que se nos presenta puedan seguir el argumento sin mayor problema. Una película, en suma, notable y que bien vale un visionado.

Empaña el resultado que en puntuales momentos se rompa la apuesta estilística del conjunto. Algún subrayado musical dramatizador resulta contraproducente y emborrona la acertada apuesta por la contención sonora. Aún peor el ralentizado que puntea el paso triunfal del general Anami, caminando entre sus tropas. La soberbia actuación –otra más para la antología– de un monstruo interpretativo tan voraz como Yakusho Kōji hacían innecesario el recurso. Un recurso fácil que, además, nos devuelve al principal reproche que le hacemos al film.

Harada tiene derecho a pensar, como defendió en la presentación del film, que Anami y Suzuki unieron fuerzas para salvar al país según instrucciones del emperador. Puede incluso que haya indicios que apunten en esa dirección, que sea un relato razonable y verosímil. Un derecho que se ha ganado. Su trayectoria puede ser criticable y de resultados discutibles, pero que siempre ha apostado por el riesgo temático y expresivo, sacando al ruedo argumentos sobre los que merece la pena reflexionar. Lo explicó bien él mismo cuando alegó poner sobre la mesa lo sencillo que es iniciar una guerra y lo complejo e incierto que resulta ponerle fin. Por otro lado, las intrigas del fallido golpe de estado presentan todas las contradicciones y complejidades que encierra un momento tan delicado, con lo que la película se aleja eficientemente de la visión naíf, pero poco inocente, del maniqueísmo propagandístico. No le neguemos ese mérito.

Pero los que desconfiamos de las versiones oficiales tenemos el deber de señalar los peligros de amplificar relatos como este. Aunque se nos presente como la versión del bando derrotado, cuando sirven para diluir responsabilidades pasadas, para mitificar el poder ejercido y con ello consolidar, justificándolo, el mantenimiento del mismo, es preciso acogerlo, como mínimo con cautela.

nninh

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One comment on “‘The Emperor in August’. El día más largo del Japón

  1. flip
    10 August, 2015

    Interesante articulo, y que suerte de haber visto la película.

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