Eigavisión

Un espacio de reflexión sobre cine japonés

Adachi Masao, un artista del hambre

Un mínimo conocimiento del nombre Adachi Masao ya nos previene de que, de una película avalada por tal firma, podemos esperar cualquier cosa menos un visionado complaciente. Así, llama la atención el tono casi naif y cercano al tono de comedia que preside su última película. Un planteamiento que sólo podemos entender desde una intención irónica, y que en cualquier caso contrasta con la gravedad de los temas que van desfilando por pantalla, desde la manipulación mediática a la coerción que ejercen los poderes políticos y económicos, pasando por violaciones, impulsos suicidas, necrofilia y otras lindezas. El carácter contrastado de la cinta se pone de manifiesto bien pronto: mediatizado por una críptica declamación sobre la condición depredadora de un lobo, un fulgurante inicio nos lleva de las crudas imágenes de archivo sobre el tsunami de 2011, al planteamiento del universo ficticio en que se desarrollará la narración, un personaje solitario en una calle comercial anónima y semi-abandonada,  pespunteado por una banda sonora de mínimas resonancias cómicas que desarbolan toda solemnidad.

Huyendo de toda intención realista, rompiendo a base de bailes con el absurdo la cotidianidad que parece desprende de la diáfana textura digital de su imagen, se diría que la intención del autor es ofrecer en pantalla una representación de teatro callejero. Desde luego no se puede afirmar que no se trate de una elección estética coherente con el registro kafkiano que presenta en su película. Y es que no por casualidad el film se titula ‘Un artista del hambre’ (『断食芸人』Danjiki geinin), aunque la adaptación del relato en que se inspira sea más que libérrima. Es desde luego un film que no deja indiferente, poco apto para los espectadores menos habituados a un cine alejado de ciertos estándares narrativos. Tal vez una película irregular y descompensada, no sabe uno si describirla como modesta, por su contención de medios y la sencillez de sus recursos formales, o atender a lo excéntrico de su puesta en escena para calificarla de desmesurada.

La presentación de la película en el FCCJ contó con dos invitados de excepción. El polifacético artista Yoshimasu Gōzō, que interviene en el film aportando una de sus peculiares performances poéticas, declamó una continuación de ese texto para pasmo de los allí presentes que, como en mi caso, desconocíamos su poética. La rima consonante y el ritmo catártico se dan la mano con el grito y el puñetazo en la mesa, en un estilo poético inclasificable, desaforado e indescriptible. Y por supuesto intraducible. También se sentó a la mesa un primer espada del análisis cultural como Yomota Inuhiko. Como su valoración de la película fue más brillante que la que yo pueda hacer, acabo citándola de forma literal:

Day after day, alone on the hill,
The man with the foolish grin is keeping perfectly still.
But nobody wants to know him,
They can see that he’s just a fool.
And he never gives an answer …..

But the fool on the hill,
Sees the sun going down.
And the eyes in his head,
See the world spinning around.

P1090707

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